La Suerte

Y si sucede que a mi lado alguien la ve, ¡que la juegue!

No es mi suerte, es la suya.

Tampoco podrá, lo mismo que yo, capturarla.

No sabrá nada de ella, la jugará.

Pero, ¿quién podría verla sin jugarla?

Tú que me lees, seas quien seas: juega tu suerte.

Como yo lo hago, sin prisas, lo mismo que en el instante en que escribo,

te juego.

Esta suerte no es ni tuya ni mía. Es la suerte de todos los hombres y su luz.

¿Tuvo alguna vez el resplandor que ahora le da la noche?

Georges Bataille

El báculo fue siempre símbolo de vejez y por lo tanto de experiencia, de sabiduría; símbolo de divinidad, de poder y también de destierro.

Como una diosa desterrada, vagabunda, orienta su dura mirada hacia el infinito en un momento en el que sus pasos se han detenido. Buena o mala, más allá del bien y del mal, más allá de los dioses; de la esperanza.

Negada siempre por la ciencia, la religión y las artes adivinatorias, temida siempre y deseada por encima de todo. Siempre presente, acompaña nuestros pasos hasta el último traspié. Se ríe de quienes la adoran o la buscan: la buena suerte de uno es la mala suerte del otro. Más real que la propia realidad. Más cerca de nosotros que nosotros mismos.

Vagabunda siempre sin rumbo fijo, peregrina hacia ninguna parte, presente y ausente, quieta y en movimiento. No camina; pues no avanza ni retrocede. Sin embargo, no se detiene en ningún lugar.

La suerte es lo único que tenemos y nunca la tendremos. Nadie puede evitarla, poseerla, seguirla o destruirla y, sin embargo, cada uno tenemos nuestra suerte. Es una y múltiple, eterna y efímera, luminosa y oscura. Siempre está ahí; ¿dónde? Ahí mismo, ¿no puedes verla? Ella no predica, no guía, no precisa creyentes, no escucha, no se deja sobornar ni seducir por plegarias. Todo depende, sin embargo, de ella. La suerte es la vida; también la muerte.